martes, 4 de agosto de 2015

Soplos de Ternura

Cada perrito que llega a casa, trae algo en particular consigo. Su aspecto, su personalidad, una herida a ser curada, su historia. Y el tránsito es finalmente definido por el propio pensionista. Las risas y las lágrimas, los éxitos y los fracasos, los miedos y los desafíos. Cada cual trae lo suyo, invariablemente.

La mirada de Calita
Pero cada tanto te llega a casa un soplo de ternura.

Entra Calita con sus pelos ásperos y opacos, con la panza que se cae de flaca, con su cara de pichicho puro...Entra a casa y mientras se encamina sin saber a dónde va...sentís un soplo. Y la ternura te acaricia la  piel, la sentís al respirar, al ver, al hablar.

No podés definirlo de entrada. Sentís que algo te ha tocado en lo profundo, pero que a la vez es leve, suave. Y no controlás el impulso de buscar a la fuente, para volverlo a sentir. Y cuando te topás con la mirada inocente de Calita, otra vez el soplo.

Los soplos de ternura son casquivanos. No te llegan a demanda. Llegan cuando ellos quieren. Toman la forma que ellos deciden. Son escasos. Pero se dejan atrapar.

Calita fue una perrita feliz desde el primer día que estuvo en casa. Movía esa cola de ratón, flaca y pelada, y golpeteaba los muebles con ella haciendo ese ruido rítmico tan particular y gracioso. Comía como si fuera el último dia y quería jugar con todo el mundo en todo momento. Al ser pequeña de tamaño, ni se sentía,pero era cosa que pasaba a tu lado y vos no podías evitar percibir el soplo. Calita te despertaba la sonrisa, la ternura estaba jugando con vos.

Cuando trajeron a Charly, el gatito operado por una quebradura, apareció Calita con su juguete. Se instaló junto a la manta del minino dormido aún por la anestesia, y suavemente se puso a jugar. Jugaba sola pero como quien acompaña. Sin perder de vista a Charly ni por un segundo.


Inquieta importante dados sus seis meses, a veces le costaba relajarse. Sin embargo unas buenas caricias en la panza la llevaban rápidamente a otro plano y podías ver como pata a pata se iba relajando, sus ojos se cerraban, su respiración de hacía profunda. Se convertía en un muñeco de trapo, totalmente desarticulado. Una vez mi marido me dijo: "Es que hace falta tan poco...es que piden tan poco..."  Y nos quedamos en silencio los dos, mirándola y sintiendo como el soplo nos rodeaba.

Te cuento de ella en pasado, porque Calita partió al hogar de tránsito de Vanina para recuperar su problemita en la piel. Apenas un mes estuvo en casa. Me cuentan las malas lenguas que no le gusta estar sola, que se enoja y rompe sillones, y que cuando la pesca Vanina no puede ni retarla...Es que la alcanza uno de sus soplos.

Yo sueño con el hogar definitivo de Calita. Algo me dice que entrará despreocupadamente y que los mirará con inocencia. Y que en ese preciso instante, esas personas lo sentirán. Y sabrán que no hay marcha atrás. El soplo finalmente, habrá llegado para quedarse.

Es que así son los soplos.
Los soplos de ternura.




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